México, el infierno inagotable
del feminicidio.
Las menores de edad son presas regulares. De éstas, un
porcentaje ínfimo asume su transitoriedad y su calidad de próxima presa para
las bestias asesinas. El derecho debe dotarlas de herramientas para sobrevivir
en una sociedad donde no sólo reina la impunidad, también se dificultan los
caminos para que esos menores de edad sobrevivan.
La posibilidad de que la
situación social modifique la psique juvenil parece no existir en las leyes
mexicanas. La emancipación por necesidad de sobrevivencia debe legislarse.
Sobrevivientes familiares (las precarias estadísticas formalizan el dato de que
la violencia sexual es mayor dentro de los círculos familiares que afuera) y
sociales, las menores de edad también deben luchar contra la ley para
independizarse.
Por otra parte, la minoría de
edad es aprovechada para delinquir con total conciencia. Esto debería
reflejarse en la codificación penal (la posibilidad de juzgar a asesinos
menores de edad como si no lo fueran) sino también en la laboral (la
posibilidad de que niños que durante años han sido obligados a trabajar, puedan
formalizar actos civiles y mercantiles propios de mayores de edad).
La brutal posibilidad de que
niños y jóvenes sean víctimas del feminicidio o de la violencia atroz que vive
México, establece en los hechos modificaciones en los caminos psicológicos de
“maduración” para esos menores que prácticamente están solos frente a los
depredadores impunes. Los legisladores deberían pensar en estas víctimas, en
lugar de aumentar penas por delitos que apenas serán castigados.
Necropolítica y el orden perdido
Ricardo Guzmán Wolffer
Si establecemos que el Estado y
sus representantes tienen como primer deber mantener con vida a los habitantes
de un país, podemos afirmar que en México la necropolítica (el quehacer público
referido a la muerte) se ha asentado.
En el texto “Necropolítica e
identidad” (Jornada semanal 21-12-14) establecí cómo la intención estatal
parece ser buscar la muerte de los ciudadanos por omisión. Hoy, sucede lo
mismo, pero por acciones que llevan a la muerte. La simple suma de los
homicidios diarios (ya sea derivados del rampante narcotráfico, secuestros o
cualquier otra actividad delincuencial), de los feminicidios (jamás con los
número actuales), de los pacientes con enfermedades terminales que no serán
atendidos, los decesos derivados de la mínima atención en centros de salud
públicos, los miles de desaparecidos en esta administración, las muertes
maternas derivadas de los abortos clandestinos y los miles de inmigrantes
muertos por la delincuencia de los que apenas se puede especular, serían suficientes
para establecer que la presente administración es propia de esa necropolítica.
Nunca como ahora se había logrado la mortandad poblacional derivadas del
quehacer público.
El discurso presidencial asume
que los muertos son herramientas políticas: importan en tanto sirvan a su
proyecto político. Si no le son útiles, deberán ser denostadas, minimizadas.
Además, los muertos y sus horrores sirven para llevar el discurso hacia lo
penal. Se critica a los juzgadores que, por cumplir con la ley, ponen en libertad
a supuestos delincuentes (nadie lo es hasta que lo resuelva un juez) y se
eluden temas macroeconómicos. Se pide limitar la indignación a lo verbal. Se
juega con la necropolítica y sus alcances.
Mientras tanto, las almas
perdidas del feminicidio aumentan, los desaparecidos siguen sin ser
encontrados: la necropolítica permea a todos los estratos.
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“El impacto de la vida digital en
el mundo social”, libro coordinado por Marco Antonio González Pérez (Edit.
UNAM, FES Iztacala) plantea varios puntos donde lo digital se cruza con lo
académico, con lo social y, sobre todo, con la autopercepción de los usuarios
de lo virtual. El individualismo de la posmodernidad se decanta al narcisismo,
en tanto se trivializa lo que antes fuera superior. Los enlaces de redes
sociales tornan los sentimientos al amigo sin rostro.
Guadalupe Vadillo Bueno establece
5 dimensiones para abordar la relación humano-tecnología: la libertad, el
sentido de capacidad, la relación emocional con la tecnología y con otros, el
deseo y la posibilidad de aprender, y la percepción del tiempo con la
inmediatez.
La imperiosa necesidad de
comprender un fenómeno tan abrumador como irreversible hace de este libro un
referente obligatorio para cualquier persona, usuaria o no de lo tecnológico,
pues seguramente todas las personas con las que tenga relación estarán en la
necesidad de ajustarse a la oferta virtual ineludible.
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